La verdadera reforma laboral


En la Argentina solemos discutir el trabajo en negro como si fuera un problema moral, cultural o de falta de controles. No lo es.
Es, antes que nada, un problema
matemático.

Hoy, poner un trabajador en blanco cuesta entre 55 y 65 % más que el salario que recibe en el bolsillo. Para una gran empresa tal vez sea absorbible. Para una pyme, un comercio o un cuentapropista, es directamente imposible. El resultado está a la vista: más del 40 % del empleo es informal.

No es que millones de argentinos no quieran estar en regla. Es que el sistema los expulsa.

Frente a este diagnóstico, Argentina ya intentó varias veces “reformas laborales”. Casi todas tuvieron algo en común: no tocaron el costo del trabajo. Se limitaron a bajar multas, ofrecer blanqueos temporarios o condonar deudas. El mensaje implícito fue siempre el mismo: seguir en negro no es tan grave, después se arregla.

Los resultados fueron previsibles.
Cada blanqueo incorporó
muy poca gente, por poco tiempo, y la informalidad volvió rápidamente a su nivel estructural. Rebajar multas no cambia una ecuación que sigue siendo inviable.

El Estado, mientras tanto, queda atrapado en el peor de los mundos: no recauda aportes, pero igual financia hospitales, planes y jubilaciones mínimas con impuestos generales y déficit. Todos pierden.

La discusión debería ser otra:
¿preferimos
pocos aportantes perfectos o muchos aportantes posibles?

Una salida pragmática sería crear un régimen de trabajo formal básico, con un costo total cercano al 30 %, no al 60 % actual. Por ejemplo:

No es el sistema ideal. Pero es un sistema posible.

Supongamos números realistas, no optimistas.
Si se logra formalizar solo
la mitad del trabajo en negro, unas 4 millones de personas, con un salario promedio de 400 dólares mensuales, el aporte sería de unos 120 dólares por trabajador (el 30 %).

El resultado es simple:

Dinero que hoy es cero.

Algunos dirán que con esto “se pierden derechos”. La realidad es que el trabajo informal no tiene ninguno. Un régimen básico no quita derechos: los crea por primera vez para millones de personas que hoy no tienen jubilación, obra social ni protección alguna.

La clave es acompañar con incentivos claros:

No se trata de castigar, sino de ordenar.

Brasil formalizó a más de 15 millones de trabajadores reduciendo drásticamente el costo de entrada al sistema. Uruguay bajó su informalidad con esquemas simples y previsibles. Argentina, en cambio, insiste en reformas que solo maquillan el problema.

Mientras el empleo formal siga siendo un lujo, el trabajo en negro seguirá siendo la norma.
La pregunta no es ideológica. Es práctica:

¿Queremos un sistema perfecto que no funciona o uno posible que funcione?

El Gobierno actual tiene que dar esta pelea y no ir tratando de ganar aliados para una reforma laboral que no servirá para nada como tantas otras.

 

Juan Chapar

DNI 4537604