Malacaras


Comenzaba a clarear cuando lo fueron a buscar. Salieron despacio, por el suelo arenoso, entre caldenes, algarrobos y espinillos, hasta la huella.

Ante su presencia imprevista, un grupo de ñandúes huyó, gambeteando los arbustos, abriendo y cerrando sus cortas y plumosas alas.

Cuando llegaron al camino ancho y plateado, el sol se reflejaba en la escarcha de la mañana.

El suelo pasaba tan rápido que se hacía borroso, pero a su piel no la tocaba el viento, como si ellos estuvieran detenidos y fuera la tierra la que se movía.

Las casas con paredes de piedra interrumpían cada vez con más frecuencia; los pastos y los árboles. Al irse apretando, se apilaron de a dos, de a tres y de a muchas mas que ya no alcanzó a contar.


Ante su proximidad las puertas se abrieron y pensó que era un gualilcho. Su cara de asombro fue celebrada con sonrisas. Entraron, y una voz que no era la de ninguno de los presentes, anunció que las puertas se cerrarían y así fue. Tuvo la sensación de que lo levantaban en forma sostenida. Cuando la voz se volvió a escuchar, anunciando la llegada al piso treinta, lo tuvieron que ayudar a salir, pues estaba apoyado con sus manos húmedas contra una superficie, que sintió fría como la hoja de un cuchillo.

Pudo ver, como si estuviera arriba de una montaña, un horizonte brumoso que le señalaron como el lugar de la cual habían venido. En el lado apuesto lo asombró un río sin costa: que él porfió con que debía ser una laguna.


Les preguntó cuantos caballos tenían y cuando le dijeron que ninguno, se mostró afligido por ellos. Lamentó no poder darles potrillos, de su tropilla de malacaras, pues ya tenía toda la parición vendida, pero prometió conseguirles un tobiano y un tordillo capaces de galopar más de una legua sin tomar resuello.


Se sentaron a comer en una mesa con muchas copas, platos y cubiertos, que se iban utilizando a medida que se servían distintas carnes, huevos y verduras. Los vinos le resultaron secos y el asado magro.

La noche no llegó nunca. Hasta donde le alcanzaba la vista se extendía un manto de lucecitas amarillas que siguieron prendidas hasta el amanecer.


Ya de vuelta, rasqueteando el lomo de la yegua madrina, mientras con la mano izquierda le acariciaba el tibio cogote, recordó las casas de enormes alturas tratando de entender porqué vivían tantos juntos y sin caballos.


El día pasó y millones de estrellas alumbraron el monte negro. La luna amarilla se fue adueñando de la escena, opacando sus destellos blancos. Al llegar al medio del cielo los perros le aullaron.


Juan Chapar

Buenos Aires, abril 5, 2007